María, La Lunares

María, La Lunares, recordaba cada mañana al bajar su calle, cómo llegó a aquella ciudad de sol tímido y verde descarado.

María llegó por amor. Ella siempre había escuchado que el amor se conquista, como las cimas. Y ella escaló, de su cálido sur, hasta el exuberante norte. Por él.

La Lunares revivía cada día cómo caminó hasta la puerta del hombre con quien llevaba meses intercambiando cartas, flores secas, gotas de perfume y firmas con carmín. Recordaba el toc, toc en la puerta de madera anunciando un principio tantas veces imaginado. Veía en su memoria cómo una mujer con un niño en brazos abría sonriente la puerta y preguntaba: “Hola, ¿a quién buscas?”

Y, al parecer, buscaba a su marido.

María no supo, y tampoco quiso, volver a un sur donde ya se había despedido de todo. Recogió pedacitos de historia rotos por el suelo y los apartó del camino para que nadie se hiciera daño al pisarlo. Ella, la primera.

Miro a ambos lados de la vida, y se quedó en aquellas calles de naturaleza acaparadora. No a esperar, esta vez para empezar.

“Niña, qué bonitos tus lunares”, escuchó en una voz que reía sílabas y soplaba humo de tabaco.

Y con esa frase comenzó la historia que tiempo después le hizo ilusionarse frente a otra puerta de madera. Y esta vez, sí entró.

María pensaba cada mañana al llegar al final de la cuesta, enseñando a la felicidad un diente superviviente: siempre supe que me salvarían mis lunares.

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@IdunaRuSol

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