Domingueros

Julia y Marco iban todos los domingos a leer a la playa.

Otoño, invierno, primavera. En verano no, porque era difícil extender el periódico a gusto.

Marco adoraba el gesto sutil con que ella escondía su mano debajo de la camiseta y dibujaba de manera automática figuras que solo tenían sentido en su cabeza.
Lo que no imaginaba Marco era que Julia guardaba ahí sus dedos para protegerlos de la arena y poder rascarse la cara sin correr el riesgo de terminar comiendo granitos de tierra.

Cuando Julia se dio cuenta del romántico error de su pareja, decidió no decir nada. A veces el amor consiste en dejar escoger las razones que a cada uno le sirven para vivir más tranquilo.

Y continuó dibujando figuras y protegiéndose de la arena hasta que un día descubrió que ella también estaba enamorada del escalofrío de Marco y de la escena que provocaba su propio gesto.

El domingo en la playa se convirtió en uno de los momentos más bonitos de la semana, en una manera de decirse “aquí me quedo” sin que ninguno dijera nada. La camiseta de Marco escondía uno de sus instantes preferidos, aunque los dibujos en la espalda empezaran por razones que no confesaría jamás.
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Iduna RuSol

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