Los monstruos no existen, se inventan

Sí, yo también he visto el video de René, con Residente abierto en canal y enseñando una a una sus tripas. Y me he acordado de cuando yo lo hacía, de aquella terapia de letras en la que me metía con una transparencia kamikaze y menos miedo que ganas de arrancarlo.

Y hoy vuelvo a hacerlo, sin literatura de por medio, porque hace dos años conocí a Aroa, una psicóloga maravillosa del Instituto Europeo de Psicología Positiva, que me enseñó el concepto de “justicia emocional”. Mi salvavidas, mi tatuaje cerebral.

Fui hasta su sillón cansada de detectar temores circulando por mi cabeza cada vez que alguien me rozaba la piel y las ganas más de cinco noches. Yo no podía callarlos con nada, y los cafés con amigos ya solo eran anestesia.

Me escondía entre las sábanas y era incapaz de dejarme conocer sin miedo a un adiós repentino. Por una historia, me cerré a todas. Y para evitarme futuras e hipotéticas decepciones, mi mente inventaba de manera inconsciente dos o tres maneras en las que esa persona podía marcharse de mi vida. El regreso de la expareja, un trabajo en Kuala Lumpur o un juanete muy molesto, daba igual la lógica de los motivos, yo los creaba, los abrazaba y dormía en paz. Porque sí, lejos de sentir tristeza por convencerme de que ese hombre se marcharía mañana, me quedaba tranquila.

Y esta tranquilidad estaba infectada y era mentira, en ese orden. Nada iba bien porque no quería que me conocieran. No quería que supieran quién era. No les invitaba a mi habitación, como para invitarles a mi vida.

Soy una persona que fluye con las circunstancias como los mejores surferos hacen con las olas. No me cuesta trabajo modificar ritmos, sé que las etapas van y vienen, se transforman y evolucionan, y la única manera de disfrutarlas y sacarles jugo es moverse con ellas.

Aroa se dio cuenta de mi facilidad para fluir y comprender al otro, y me avisó: Saber dejarse llevar con empatía es una virtud encantadora siempre que no te apague las señales de alarma para escuchar mejor la realidad del de enfrente. Acuérdate: hasta aquí te entiendo, a partir de aquí me cuido.

De entre toda la lista de palabras que trabajamos, todas ellas conceptos que están dentro de nosotros en mayor o menor porcentaje, subrayamos la de justicia emocional. ¿Qué es eso?, me pregunté (probablemente en alto porque me contestó).

Justicia emocional es la capacidad de saber pedir lo que quieres y saber marcharte cuando no te lo van a dar. Y quien no la tiene está perdido, porque dar lo que buscan sin recibir lo que quieres es de idiotas, digan lo que digan las canciones.

El primer día que me di cuenta de que me estaba exponiendo de nuevo sin miedos inventados, lo celebré. Porque es un gustazo sentirse vulnerable y que no importe, porque la única manera de conocer y dejarse conocer, es enseñándolo (casi) todo.

Sigo sin ser adivina y por suerte desconozco cuánto tiempo permanecerá la gente en mi vida, pero ya no me asusta. Tengo algo de cautela y mi capacidad innata para surfear las emociones, que venga lo toque, porque he aprendido a querer(me) de manera muy equilibrada y esto hay que compartirlo fuera de un post.

Celebro, lavándole la cara a esta web con una nueva entrada, que hace casi dos años maté mis monstruos por mí, para que dejaran de amargarme las historias. Contar quién soy de una manera u otra, y preguntar quién eres, es lo que mejor se me da, y no quiero esquivar ni una pregunta más.

 

Iduna RuSol

 

 

En la fotografía estoy yo delante del objetivo de mi bella amiga, además de artista a punto de explotar, Helena Selini.

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